......Más de un cuarto de siglo había transcurrido sin que regresara al país de mi primer nacimiento. Con excepción de Armando, que había viajado dos veces a París, un distanciamiento ya próximo a la ausencia me separaba de mis hermanos y hermanas.
......De vez en cuando, el uno o la otra me enviaba fotografías, pero en estas instantáneas tomadas en ocasión de un acontecimiento feliz, de un cumpleaños, o de una de esas reuniones dominicales en torno a una mesa generosa, de las que ellos hacen culto, ninguno estaba solo, de modo que yo jamás había vuelto a verlos en su singularidad, cada uno semejante a sí mismo y a ningún otro, como en mi recuerdo: en esas fotos, todos cedían una parte de ellos mismos al niñito que esgrimía una cuchara goteante a quien le secaban la carita, a su vecino o al fotógrafo que los exhortaba a mirar el objetivo, y mientras prestaban un oído al gracioso de turno, ocupado en provocar la risa y mueca, todos asentían con complacencia, con ceremonia.
......Aun en lo que dura un instante, que es y ya no es, uno procura mostrarse atractivo, con el mejor aspecto; alza el mentón para estirar las mejillas, las cejas para alisar los parpados, a riesgo de convertirse en la propia caricatura y, para terminar, en un súbito reflejo sobre el cristal de la ventana, uno comprueba que el pasado no miente ni posterga la entrada de la vejez.
......Durante el tiempo que pasé con mis hermanos y hermanas, comprendí la necesidad que ellos tenían de conservar las imágenes, las huellas de una comida, de una pequeña fiesta, de un paseo: el ritual permanecía inmutable y un bello corte de pelo, o el de un vestido de antaño, los divertía, acompasaba el tiempo, preservaba los momentos dispersos, lo que desaparece o se marchita, las cosas destinadas a perdurar: y esto consolidaba su realidad, los distraía de la angustia que les provocaba el porvenir, ciertamente prefijado desde siempre y como ya acaecido.
......Porque rendían culto a la memoria y, sin saberlo, tenían el sentido de los orígenes, ellos podían recordar su vida con la ayuda de esas humildes fotografías, su alcancía común. Las fotografías irían destiñéndose, se volverían cada vez más borrosas, pero eran su caudal de poesía.
Héctor Bianciotti.



